32 años.
Historiador norteamericano.
Tipo duro y sin miedo.
Cuando Jack era sólo un niño, su padre le llevaba con él a sus excavaciones; el profesor Robert Foster era en aquel entonces un aclamado profesor de arqueología de la Universidad de Chicago cuyas clases se habían convertido en el foco de subvenciones para el centro docente.
Desde que era muy pequeño, Jack recuerda las historias que le contaba su padre sobre las pirámides, la ciudad perdida de la Atlántida, los tesoros ocultos en Sudamérica por los conquistadores españoles. Todo aquello fascinó a Jack, quien aprendió a descifrar jeroglíficos a la vez que aprendía a leer; a identificar antiguas civilizaciones por sus construcciones, o a memorizar las diferentes dinastías que reinaron en el Egipto antíguo.
El profesor Foster había conseguido otra subvención para organizar una expedición a la tumba de Cuitláhuac, un rey azteca que luchó contra Hernán Cortés en 1520, y había preparado las cosas para que su hijo pudiera acompañarle en este viaje; pero el día antes de la partida, el propio Robert Foster le dijo a su hijo que no podía acompañarle, que aquella vez iría él solo. El profesor parecía nervioso, pese a la insistencia de un Jack que acababa de cumplir los 10 años, Robert Foster tuvo que dejar atrás a su hijo.
Aquella sería la última vez que Jack vería a su padre, y algo dentro de él lo sabía. Pasaron los años y Jack se graduó en la universidad en la que su padre impartió clase, acabó el primero en la carrera de Historia y pronto comenzó a viajar por el mundo, convirtiendo de nuevo a la Universidad de Chicago en el referente de la arqueología. Corría el 31 de agosto de 1932 cuando Jack estaba en el campus de la universidad de Yale siguiendo el rastro de un objeto robado para recuperarlo de las manos de una logia secreta que se lo había apropiado, aquel mismo día un eclipse ocultaba toda la zona de Nueva Inglaterra y un aviso llegaba hasta él. Un abogado contratado hacía años por su padre le hizo llegar un documento que, por orden de Robert Foster, debía ser entregado a su hijo aquel día. El abogado le había seguido desde Chicago y era en Yale donde por fín lo había alcanzado.
Jack estaba sorprendido ante aquella situación, habían pasado casi diez años desde que su padre muriera en la expedición a la tumba y ahora llegaba hasta él una carta; aquel manuscrito era el último gesto que su padre había tenido hacia él. En la carta Robert Foster le contaba a su hijo el peligro que correría en la tumba de Cuitláhuac y cómo pensaba que un grupo secreto iba tras su persona; además le revelaba el paradero de unos escritos que no había mostrado a nadie y en los que figuraba su verdadera investigación: el paradero de la ciudad perdida de la Atlántida. Más allá de los cuentos que su padre le contaba de pequeño, Jack sabía que aquello era cierto, la Atlántida existía y su padre sabía la verdad.
Desde aquel día en Yale, en el que Jack Foster recibió la carta póstuma de su padre, han pasado tres años; ahora la acción le traslada hasta Inglaterra, donde Jack se ha colado en una fiesta benéfica para recuperar un artículo que le ayude en la investigación de su padre.
Desde aquel día en Yale, en el que Jack Foster recibió la carta póstuma de su padre, han pasado tres años; ahora la acción le traslada hasta Inglaterra, donde Jack se ha colado en una fiesta benéfica para recuperar un artículo que le ayude en la investigación de su padre.
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